Matos Mar, José Desborde popular y crisis del Estado. Veinte años después Lima, Fondo Editorial del Congreso de la República, 2004
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Sociologist Félix Reátegui is the Coordinator of the Research Unit at the Instituto de Democracia y Derechos Humanos, Pontificia Universidad Católica del Perú. As part of his work for Peru’s Comisión de la Verdad y Reconciliación, he was the General Coordinator of the commission’s Informe Final as well as the author of its abbreviated version, Hatun Willakuy (2004).
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How to cite this review: Reátegui, Félix. "Matos Mar, José. Desborde popular y crisis del Estado. Veinte años después. Lima, Fondo editorial del Congreso de la República, 2004.". Dissidences. Hispanic Journal of Theory and Criticism. On line. Internet: 30/08/05 (http://www.dissidences/ ReviewMatosmar.html)
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"Esa sociedad y esa cultura, veinte años después, no han terminado de resolverse en un orden incluyente y democrático. O dicho de otro modo: la población peruana empuja en esa dirección mediante la rebeldía creativa que Matos Mar describe, pero el Estado no quiere darse por notificado y se niega a crear las instituciones necesarias para que la crisis de crecimiento dé lugar a una democracia."
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Durante la década de 1980 se manifestaron de la manera más crítica los diversos cambios
que venían gestándose en la sociedad peruana desde décadas atrás. Todas las crisis
convergieron, entonces, sobre una sociedad que además experimentaba los rigores de un
conflicto armado interno que llegaría a ocasionar casi 70 mil víctimas fatales [1]. El
descalabro financiero del país terminó por desbaratar el sistema productivo y comercial,
profundizó la pobreza y acentuó la marginalidad social. Al mismo tiempo, esos fracasos
económicos, junto con la violencia ya mencionada, debilitaron severamente las posibilidades
de consolidación de la democracia recuperada a inicios de la década tras doce años de
dictadura militar.
El lugar común es inevitable: las épocas de crisis son épocas interesantes, momentos que
estimulan la imaginación interpretativa. No hay que extrañarse, por ello, de que alrededor
de esos años hayan aparecido interesantes ensayos de comprensión global de la sociedad
peruana contemporánea. Desborde popular y crisis del Estado (1984), el estudio del
antropólogo José Matos Mar reeditado en el año 2004, veinte años después de su
lanzamiento, es apenas uno – es cierto que uno de los más notables – de una nutrida nómina
de textos fundamentales. Hay que mencionar entre ellos el muy influyente Clases, Estado y
nación en el Perú (1978), de Julio Cotler [2]; las interpretaciones sobre la nueva y
heterogénea configuración cultural peruana realizadas por Carlos Franco y recogidas en La
otra modernidad. Imágenes de la sociedad peruana (1991); la desafiante reflexión sobre la
utopía andina recogida por Alberto Flores Galindo en Buscando un Inca (1986) y, en un
plano más disperso, las relecturas a varias voces de la obra literaria de José María
Arguedas: criticado en los años sesenta por la inexactitud etnográfica de Todas las sangres
[3], Arguedas fue releído y revalorado en los ochenta como intérprete de una original
modernidad peruana – una modernidad no etnocéntrica, una modernidad popular – en su
novela póstuma e inconclusa El zorro de arriba y el zorro de abajo. Este improvisado
panorama estaría incompleto, sin embargo, sin la mención de un autor que, viniendo de
otra comunidad académica y política, llegó a acuñar una poderosa imagen para interpretar
los cambios de la vida económica del país. El otro sendero (1986), de Hernando de Soto, y
su interpretación de la informalidad como una energía creadora que se impone a la
estrechez del viejo Estado burocrático, es el complemento liberal ineludible a un momento
hermenéutico casi enteramente identificado con la renovación del pensamiento de izquierda
en el Perú.
No es imposible, finalmente, oír en el reverso de esos diversos textos el diálogo de la ciencia
social peruana con las renovaciones teóricas que se producían en los Estados Unidos y
Europa. Los ecos débiles, pero todavía audibles, del estructuralismo, tan influyente en las
lecturas del carácter de la economía peruana en los años setenta, cedían el paso a otras
preguntas centradas, por un lado, en individuos y subjetividades [4], y por otro, en una
comprensión más compleja de los fenómenos culturales y de las realidades nacionales. Sin
dejar de ser crítica respecto del orden establecido en el Perú, la ciencia social se hacía más
dúctil y dirigía sus linternas hacia terrenos antes no transitados o examinados con inexacta
rigidez, como el de las complejas figuraciones de la cultura.
En este contexto académico e ideológico, no es un encomio exagerado calificar Desborde
popular y crisis del Estado como un libro renovador. Su reedición, veinte años después,
permite ver en retrospectiva qué giros anunció en la reflexión académica sobre el Perú y
también de qué manera los desarrollos teóricos de las dos últimas décadas han ayudado a
mirar con más finura los problemas que ahí se planteaban, esforzadamente, con un léxico
que ya resultaba insuficiente para expresar las preocupaciones del autor.
Cuando aparece Desborde popular y crisis del Estado, en 1984, la crítica académica de la
sociedad peruana se hallaba bifurcada principalmente en dos tendencias. Una, más
propiamente clásica, uncida todavía a los ordenados esquemas analíticos provenientes de la
teoría de la modernización y del desarrollismo, invitaba a leer el proceso socioeconómico
peruano de las últimas décadas en términos de desorden, disfunción y anomalías respecto
de lo que debería ser una sociedad que se moderniza. El tránsito de una sociedad
mayormente rural y agrícola a una urbana e industrial debería haber ido de la mano con una
ordenada expansión de la clase media y un retroceso consistente de las creencias y
prácticas tradicionales en beneficio de una cultura moderna: abstracción, individualización,
absorción de los poderes por un Estado central, distinción entre funciones y personas,
generalización e integración de un mercado interno, un sistema de partidos permanente
eran algunos de los rasgos esperados de esa sociedad modernizada [5]. La manera abrupta,
con saltos de etapas, en que se producía la gran transformación de la sociedad peruana,
tenía que ser vista, así, como una gruesa falla en el cumplimiento del libreto.
La otra tendencia crítica era la proveniente del marxismo con ciertas dosis de
estructuralismo. Desde este ángulo, la crisis peruana había de ser leída a la luz de las
deformaciones inducidas por la peculiar expansión del mercado en el país: un mercado
deforme y gestado para la exportación de materias primas que era la expresión de un
modelo de desarrollo dependiente. Ese modelo, por último, sería el responsable de las
grandes fallas de la sociedad peruana, tales como la inflación y el desempleo estructurales y
la reproducción de la marginalidad como una condición de vida inevitable para las nuevas
masas urbanas creadas por la destrucción de la economía agraria.
A cada quien lo suyo: si la teoría de la modernización pecó por exceso al ofrecer un esquema
rígido para mirar a contraluz, pero con cierta disciplina, la crisis peruana, los marxismos y
los estructuralismos de los años sesenta y setenta dieron a la ciencia social cierta potencia
teórica renovada para señalar males todavía reconocibles en la organización del país. Lo
mejor de lo escrito a partir de la tradición de la CEPAL es buen testimonio de lo que ambas
líneas de razonamiento tenían para ofrecer a la comprensión del Perú y de América Latina.
La historia que contó Desborde popular y crisis del Estado en 1984 no se diferenciaba a
primera vista de la que hubiera podido contarse desde las dos grandes tendencias
mencionadas. Fue la historia del agotamiento terminal de un Estado tercamente excluyente
y su pase a jubilación por parte de los excluidos. Desde la década de 1970
aproximadamente, estos –la población rural de los andes, principalmente– deciden no
atenerse más a reglas e instituciones que no han sido concebidas para ellos ni adecuadas a
sus necesidades y comienzan a adoptar formas de asentamiento urbano, de ocupación
laboral y de reproducción cultural que se apartan y desafían los patrones de organización
social y económica instaurados por el Estado desde el siglo XIX. Un Estado que revela todas
sus limitaciones y una sociedad que deja de creer en él, constituyen los dos términos del
desborde y la crisis anunciados en el título del libro.
La insubordinación es decidida y creciente, pero nunca declarada; no ocurre al calor de una
proclama ideológica sino al ritmo de un fenómeno demográfico: las migraciones masivas del
campo a la ciudad que tienen su punto de llegada en la capital de la República, las
principales ciudades de la costa y las ciudades de mediano desarrollo de los valles andinos.
El desafío al antiguo régimen es, al mismo tiempo, integral: se manifiesta en primer lugar en
la ocupación ilegal de terrenos en la periferia de las ciudades, se extiende al comercio
callejero y a una intrincada red de producción y circulación subterránea de bienes, y
acampa, por último, en los predios de la cultura para retar, y a la larga, derrotar, a la cultura
hegemónica hasta entonces, que era la de estirpe criolla, hispanizante en sus orígenes y
apegada, más tarde, a los usos de estilo de vida estadounidense. Así, en el plano de la
convivencia espacial, de la organización económica y de los usos, imágenes y gustos, el
Estado peruano y la estática sociedad criolla que él resguardaba se ven obligados a convivir
con un orden paralelo. El fruto del desborde es un régimen improvisado, ajeno a toda
planificación, construido para satisfacer las urgencias de la supervivencia y del
reconocimiento social. Las masas que han tomado la ciudad de Lima desde los años sesenta
redefinen los espacios urbanos, crean nuevos distritos donde antes había arenales,
replantean el sistema de transporte y de comercio y, lejos de procurar disolverse en la
cultura criolla, conservan cada vez con mayor determinación y orgullo sus propias
costumbres y gustos. El centro histórico de la ciudad de Lima –constata Matos Mar en 1984–
ha adquirido el semblante de una feria comercial andina en medio de la cual, ante la
deserción de las elites, subsisten como restos de un naufragio y, huérfanos de legitimidad,
los principales emblemas del poder político tales como el Palacio de Gobierno, la sede del
Congreso de la República o el Palacio de Justicia.
En ese proceso, Matos Mar reconoce luces y sombras, y esa mirada plural – ese entusiasmo
crítico - es indicadora de un momento de tránsito en la reflexión académica sobre el Perú.
El desborde es un acto justiciero y pragmático frente a un Estado y una elite nacional
demasiado ciegos y carentes de solidaridad con los perdedores del proceso colonial; al
mismo tiempo, el resultado de ese desborde es una sociedad difícil de gobernar y, por tanto,
de dirigir hacia un horizonte de desarrollo, distinto cualitativamente del de la simple
supervivencia. Al mismo tiempo, la afirmación colectiva de los excluidos, resuelta en
informalidad, es reconocida como un trance de inclusión a la fuerza, la que más tarde sería
llamada, en otros textos, una democratización desde abajo. Pero queda abierta, en la
reflexión de 1984, la pregunta sobre si ella sería la base para reconstruir un régimen político
mejor. Veinte años después, en la reflexión actualizada del propio autor, se ensaya una
respuesta afirmativa: las barriadas de ayer son los potentes centros urbanos, productivos y
comerciales que los limeños de los barrios tradicionales llaman los conos norte, sur y este de
la ciudad, en los cuales se va afirmando una nueva ciudadanía [6].
Las distintas figuraciones del desborde descrito por Matos Mar convergen hacia un vértice,
que es el sustrato último de la insubordinación del otro Perú. Se trata del sustrato de las
«formas de cultura y de sociabilidad»: irrumpen en la ciudad las formas de organización y
de acción colectiva traídas del mundo rural, conquistan carta de residencia fiestas folclóricas
y modos musicales andinos antes marginales en Lima. Más significativo aun: lo tradicional y
lo moderno, lo urbano y lo rural, lo prestigioso y lo desdeñado dan paso a una cultura híbrida
que da testimonio de «un nuevo patrón cultural en ascenso» y que podría ser heraldo de «la
formación de una conciencia nacional unitaria».
Este rasgo de la tesis de Matos Mar es doblemente significativo. En primer lugar, porque él
manifiesta el giro cultural que empezaban a dar en el Perú unas ciencias sociales
hechizadas hasta hacía poco por el poder explicativo de lo económico y lo político-social.
En segundo lugar porque el tópico de la conciencia nacional remite la tesis a una intuición
enraizada en la tradición de pensamiento crítico sobre el Perú. En efecto, aunque
fraseándola en un lenguaje de ciencia social, con fuertes puntos de apoyo en la demostración
demográfica, Desborde popular y crisis del Estado escarba sobre una misma intuición, la de
los dos Perúes, que se puede rastrear, en diversas formulaciones, hasta Francisco García
Calderón, los indigenismos de los años veinte y la reflexión histórica de Jorge Basadre. Para
construir ciencia social sobre la base de esa idea –que habla de un Perú moderno y
occidentalizado opuesto a un Perú originario y tradicional, privilegiado uno, marginado el
otro – Matos Mar parte de la noción de dualidad, pero para ir más allá de ella: en Desborde
popular y crisis del Estado ya queda claro que la sociedad peruana– y por extensión las de
América Latina – no están partidas en dos sectores inconciliables entre ellos y homogéneos
internamente. Se va abriendo paso, todavía sin el léxico que más tarde se haría de uso
común en la ciencia social y los estudios culturales de la región, la idea de una realidad
social porosa e inestable, y de culturas dinámicas que han de ser entendidas en términos
de síntesis creativas y pragmáticas –hibridismo, por ejemplo- y no en términos de
alienación. Esa sociedad y esa cultura, veinte años después, no han terminado de resolverse
en un orden incluyente y democrático. O dicho de otro modo: la población peruana empuja
en esa dirección mediante la rebeldía creativa que Matos Mar describe, pero el Estado no
quiere darse por notificado y se niega a crear las instituciones necesarias para que la crisis
de crecimiento dé lugar a una democracia.
Notas
[1] La cifra proviene de la investigación sobre los veinte años de violencia vividos en el Perú
(1980-2000) realizadas por la Comisión de la Verdad y Reconciliación de ese país y cuyos
resultados constan en su Informe Final, Lima, CVR, 2003.
[2] Acaba de ser reeditado en el año 2005 por el Instituto de Estudios Peruanos con un
ensayo retrospectivo del autor.
[3] Véase al respecto Rochabrún, Guillermo ed. La Mesa Redonda sobre Todas las Sangres
del 23 de junio de 1965. Lima, IEP-PUCP, 2000. Tiene especial interés el trabajo del
editor incluido en el volumen con el título “Las trampas del pensamiento. Una lectura de
la mesa redonda sobre Todas las Sangres ”.
[4] Fue importante, por explícita, la postura al respecto de Guillermo Nugent en “Las
perspectivas del mundo de la vida en las investigaciones de las ciencias sociales” en
Debates en Sociología, 16, 1991, revista del Departamento de Ciencias Sociales de la Pontificia
Universidad Católica del Perú. El texto de Guillermo Nugent realiza la interesante labor de
poner de manifiesto, en un argumento razonado, los cambios teóricos que estaba asumiendo
y adoptaría más a fondo un sector de la investigación sociológica en el Perú.
[5] Véase una excelente síntesis de esta visión en Germani, Gino, Sociología de la
modernización: estudios teóricos, metodológicos y aplicados a América Latina. Buenos Aires,
Paidós, 1971.
[6] Sobre la tesis de la construcción de la ciudadanía desde abajo, esbozada en Desborde
Popular y Crisis del Estado, hay un desarrollo sistemático posterior en Sinesio López,
Ciudadanos Reales e Imaginarios. Concepciones, desarrollo y mapa de la ciudadanía en el
Perú. Lima, Instituto de Diálogo y Propuestas, 1997.
(Félix Reátegui, Pontificia Universidad Católica del Perú)
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