Sarto, Ana del, Alicia Ríos y Abril Trigo. Eds. The Latin American Cultural Studies Reader Durham y Londres: Duke University Press, 2004
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Alfredo Elejalde is a graduate student at the Department of Spanish and Portuguese, Vanderbilt University. His ongoing dissertation project focuses on the relations between Avant-Garde and Indigenism in the Andean region.
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How to cite this review: Elejalde, Alfredo "Sarto, Ana del, Alicia Ríos y Abril Trigo ed. The Latin American Cultural Studies Reader. Durham y Londres: Duke University Press, 2004". Dissidences. Hispanic Journal of Theory and Criticism. On line. Internet: 15/09/05 (http://www.dissidences/ ReviewCultural Studies.html)
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"Si el “ensayo multi-, inter-, o transdiciplinario” es característico de América Latina hasta el presente, ¿qué tienen en común las producciones del saber en los siglos XIX, XX y XXI?, ¿qué ha garantizado la continuidad de este “indisciplinado” pensamiento crítico latinoamericano? "
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Los editores del The Latin American Cultural Studies Reader se proponen mostrar el
desarrollo teórico y práctico de los estudios culturales en Latinoamérica mediante la
organización y selección de textos a partir de una concepción de la historia de la crítica
atada a sus circunstancias sociohistóricas y geopolíticas. La hipótesis central es que,
aunque las raíces de los estudios culturales latinoamericanos son anteriores a la
globalización, hay una coincidencia entre ambas. Habría, por tanto, una continuidad
histórica entre la crítica de la cultura y los estudios culturales, pero también una ruptura
epistemológica debida a la influencia extracontinental. Por esta razón, la antología se
propone rastrear y mostrar tanto la genealogía como las encrucijadas epistemológicas de
los estudios culturales, es decir, este doble movimiento crítico interno y externo.
Los editores cumplen con el objetivo que se plantean y presentan una pulcra selección de
textos que ha de ser particularmente útil entre quienes se inician en los estudios culturales
sobre América Latina y entre quienes buscan una visión sistematizada de su desarrollo,
especialmente en las escuelas de postgrado norteamericanas. Esta limitación del público
lector se debe a la elección del idioma inglés como lengua única del libro, decisión que los
editores mencionan pero nunca explican y que puede deberse a los requerimientos del
mercado editorial norteamericano, a la voluntad de mantenerse dentro de los canales de
comunicación de la academia global y quizás a la ampliación del mercado a los alumnos de
pregrado de los departamentos de español del país del norte. Indudablemente, es un gran
aporte para la academia norteamericana en todos sus niveles, pero el uso exclusivo del
inglés podría limitar su circulación en las academias latinoamericanas.
El marco teórico de la antología es presentado didácticamente, aunque a veces la lasitud
terminológica pueda generar confusión en el lector interesado en la epistemología de las
ciencias sociales. Por ejemplo, Trigo afirma que los principales objetos de estudio de los
estudios culturales latinoamericanos son la producción simbólica y las experiencias vitales
de la realidad social en el continente, es decir, examinan lo que puede ser leído como texto
cultural, con un significado simbólico sociohistórico, y sus relaciones con diversas
formaciones discursivas. Por tanto, estas disciplinas son definidas a partir de la construcción
epistemológica de sus tópicos, no por sus temas ni por algún acercamiento metodológico
particular. En esta definición no es claro si “tema” o “tópico” son sinónimos, tampoco si
designan relaciones específicas dentro del campo de estudio. El término “construcción
epistemológica” no es definido y parece referirse a los modos como los estudios culturales
construyen sus teorías; sin embargo, toda teoría científica – o académica – es una
construcción epistemológica elaborada de acuerdo con modos que le son peculiares y, por
tanto, la propuesta de Trigo no es suficientemente distintiva.
Para los editores, las relaciones entre instituciones, experiencias y producción simbólica
están determinadas por las relaciones sociales, políticas y materiales, y viceversa; es decir, lo
cultural es un campo de lucha determinado por la producción simbólica y performativa, por
la reproducción y respuesta a la realidad social y a la hegemonía política a través de la que
las identidades colectivas evolucionan (4). De estas referencias al interés en las luchas
dentro del campo cultural y respuestas a la realidad social se puede inferir que la principal
diferencia epistemológica entre los estudios culturales y teorías como, por ejemplo, la
semiología francesa o la semiótica de Umberto Eco, todavía populares en América Latina,
está en que estas escuelas se proponen desarrollar teorías generales de la producción
simbólica, es decir, se definen como ciencias generales de la significación y comunicación,
mientras que los estudios culturales, al borrar esa pretensión, se limitan a desarrollar teorías
parciales de casos específicos de significación y comunicación. La principal diferencia
epistemológica, entonces, es que los estudios culturales no tienen un objeto de estudio sobre
el que desarrollar una teoría, sino un campo de estudio sobre el que desarrollan teorías que
cubren aspectos parciales de él.
Los criterios usados para la selección de textos buscan identificar aquellos que han tenido
un rol significativo en el desarrollo del campo o que han contribuido significativamente a su
estado actual. Es decir, los textos ilustran los problemas ideológicos y metodológicos, sus
ejes temáticos y sus controversias teóricas más relevantes. A pesar del reconocimiento
inevitable de los desacuerdos sobre las inclusiones y exclusiones en toda antología, el criterio
de relevancia no es explicado, aunque se puede inferir que depende de la historia de la
crítica latinoamericanista que la antología propone. Esta es básicamente una historia
cíclica: en los años sesenta se inician los cambios en los estudios de la cultura, en los setenta
se exploran nuevas direcciones, en los ochenta se formulan los estudios culturales, en los
noventa se produce la saturación de la producción teórica y ya en este siglo se regresa a los
problemas que los críticos enfrentaron en los sesenta y setenta, a lo que los editores llaman
“cognitive constellations.”
Desde las luchas de la independencia hasta el presente, la crítica latinoamericana ha
mantenido los mismos ejes –constelaciones cognitivas– en su reflexión: neocolonialismo,
modernidad y modernización, la cuestión nacional, lo popular y las identidades / alteridades
/ etnicidades. Esta continuidad de problemas, pese a los cambios en los modos de
conceptualizarlos, ha determinado la continuidad del pensamiento latinoamericano y la
tensión permanente entre el deseo y el conocimiento (8). Si la continuidad es parte central
de su argumentación, no menos importante es el cambio epistemológico que da origen a los
estudios culturales en América Latina. Trigo propone dos diferencias fundamentales entre la
crítica tradicional de la cultura y los estudios culturales: la primera es que los estudios
culturales se distinguirían de la tradición anterior a ellos por la renuncia a considerar las
literaturas nacionales como fuerzas integradoras de la colectividad; y en cambio, apostarían
por el cuestionamiento a los aparatos de poder. La segunda es la consideración de que los
estudios culturales habrían renovado la característica voluntad utópica latinoamericana
añadiéndole una dimensión práctica de la que antes habría carecido (8). Esta segunda
diferencia no es satisfactoria en el caso, por ejemplo, de José Carlos Mariátegui, en quien la
voluntad utópica y la acción práctica están imbricadas, tal como, por otra parte, ocurre en la
mayoría de las corrientes de pensamiento de raíz marxista, dedicadas a la transformación de
la realidad.
La antología se divide en cuatro partes: la primera, “Forerunners”, es presentada por el
ensayo “Traditions and Fractures in Latin American Cultural Studies”, de Alicia Ríos, y
abarca las décadas de los sesenta y setenta. Los autores y los trabajos incluidos en esta
sección son: “Literature and Underdevelopment”, de Antonio Candido; “Excerpts from The
Americas and Civilization: ‘Evolutionary Acceleration and Historical Incorporation’, ‘The
Genuine and the Spurious’, and ‘National Ethnic Tipology’ ”, de Darcy Ribeiro; “Caliban:
Notes Toward a Discussion of Culture in Our America”, de Roberto Fernández Retamar;
“Indigenism and Heterogeneous Literatures: Their Double Sociocultural Statute” y
“Mestizaje, Transculturation, Heterogeneity”, Antonio Cornejo Polar, y “Literature and
Culture”, de Ángel Rama.
Esta sección corresponde a la transformación de la crítica cultural por la diversificación de
su agenda y por el desarrollo de teorías sociales distintas del marxismo leninismo clásico
que había dominado antes la escena, como la teología de la liberación o la teoría de la
dependencia. Durante los setenta aparecen las dictaduras que prepararon el terreno a la ola
neoliberal de los ochenta, lo que desplazó el interés de la reflexión hacia la articulación entre
lo nacional y lo transnacional en los terrenos económico, político y académico. Los
escritores de esta sección comparten el ideal de una América Latina unificada, ideal que
entraría en retroceso en la década de los ochenta.
La segunda parte, “Foundations”, es introducida por el ensayo “The 1980s: Foundations of
Latin American Cultural Studies”, de Ana del Sarto. Los textos antologados son: “Plotting
Women: Popular Narratives for Women in the United States and in Latin American”, de Jean
Franco; “Would So Many Millions of People Not End Up Speaking English? The North
American Culture and Mexico”, de Carlos Monsiváis; “Brazilian Culture: Nationalism by
Elimination”, de Roberto Schwarz; “Intellectuals: Scission or Mimesis?”, de Beatriz Sarlo;
“The Movable Center: Geographical Discourses and Territoriality During the Expansion of
the Spanish Empire”, de Walter Mignolo; “Notes on Modernity and Postmodernity in Latin
american Culture”, de José Joaquín Brunner; “A Nocturnal Map to Explore a New Field”,
de Jesús Martíon Barbero; y “Cultural Studies from the 1980s to the 1990s: Anthropological
and Sociological Perspectives in Latin America”, de Néstor García Canclini.
Los editores describen los ochenta y noventa como las décadas de la consolidación de los
estudios culturales y de la formación de un mercado global de teorías que desplaza la
tradicional influencia europea y la reemplaza con la norteamericana. Este fenómeno se da
en plena reconfiguración de las sociedades latinoamericanas por efectos de la globalización,
el neoliberalismo, los medios masivos de comunicación, el ingreso desigual en la era de la
información y, hacia el término de la década, el fin de la Unión Soviética. Los nuevos temas
como la ciudadanía y el consumo, las identidades y el sujeto, no desplazaron los problemas
tradicionales, que fueron reconceptualizados debido a la todavía presente necesidad de
elaborar respuestas políticas para alcanzar la justicia social (8).
“The 1990s: Practices and Polemics within Latin american Cultural Studies”, ensayo de Abril
Trigo, hace de introducción a la tercera parte de la antología, denominada “Practices”, y
dedicada a las prácticas contemporáneas de los estudios culturales latinoamericanos. Los
textos incluidos en esta sección son: “Political Disfranchisement”, de Irene Silverblatt; “On
Citizenship: The Grammatology of the Body-Politic”, de Beatriz González Stephan; “Male
Hybridis in the World of Soccer”, de Eduardo Archetti; “The Past as the Future: A Reactive
Utopia in Buenos Aires”, de Adrián Gorelik y Graciela Silvestri; “Tears and Desire: Women
and Melodrama in the ‘Old’ Mexican Cinema”, de Ana M. López; “The Unbearable
Lightness of History: Bestseller Scripts for Our Times”, de Francine Masiello; “Legitimacy
and Lifestyles”, de Renato Ortiz; “The Transnational Making of Representations of Gender,
Ethnicity, and Culture: Indigenous Peoples’ Organizations at the Smithsonian Institution’s
Festival”, de Daniel Mato; “The Production of Local Public Spheres: Community Radio
Stations”, de Gustavo A. Remedi; “Mimicry and the Uncanny in Caribbean Discourse”, de
Román de la Campa; “Of Zapatismo: Reflextions on the Folkloric and the Impossible in a
Subaltern Insurrection”, de José Rabasa; “Tentative Exchanges: Tijuana Prostitutes and
Their Clients”, de Debra A. Castillo, María Gudelia Rangel Gómez y Armando Rosas Solís; y
“The Latino Imaginary: Meanings of Community and Identity”, de Juan Flores.
En esta sección del libro los editores proponen que en los noventa se produce la expansión e
implosión de los estudios culturales. La búsqueda de nuevos paradigmas críticos habría
llevado a la saturación y la hipertrofia deconstructiva, lo que a su vez habría generado el
estado de ánimo actual de cansancio, desorientación y de falta de certezas. Después de esta
explosión-implosión crítica y luego de la irreversible transformación sufrida por los estudios
de la cultura en América Latina, habría un gradual retorno a los problemas tratados en los
sesenta y setenta, ya consignados en la antología en la sección “Forerunners”.
La cuarta y última sección de libro, “Positions and Polemics”, carece de introducción e
incluye trabajos como: “Writing in Reverse: On the Project of the Latin American Subaltern
Studies Group”, de John Beverly; “The Boom of the Subaltern”, de Mabel Moraña; “Latin
American Intellectuals in a Post-Hegemonic Era”, de George Yúdice; “Local/Global Latin
Americanisms: ‘Theoretical Babbling’, apropos Roberto Fernández Retamar”, de Hugo
Achugar; “Intersecting Latin America with Latin Americanism: Academic Knowledge,
Theoretical Practice, and Cultural Criticism”, de Nelly Richard; “Irruption and
Conservation: Some Conditions of Latin Americanist Critique”, de Alberto Moreiras; “The
Cultural Studies Movement and Latin America: An Overview”, de Neil Larsen; “Hybridity in
a Transnational Frame: Latin Americanist and Postcolonial Perspectives on Cultural
Studies”, de John Kraniauskas; y finalmente “Mestizaje and Hibridity: The Risks of
Metaphors”, de Antonio Cornejo Polar.
Anticipando las críticas por la inclusión de perspectivas que no son consideradas parte de
los estudios culturales por sus representantes, Trigo argumenta que ellos no consideran que
el término “estudios culturales” sea una “marca registrada” universal, rechaza la
precedencia histórica o la preeminencia epistemológica de toda definición específica de
“estudios culturales” y no considera políticamente prudente excluir de dicha categoría a las
distintas prácticas que bajo otros nombres muestran significativas coincidencias (3). Este
último argumento resulta interesante porque esa incluyente prudencia política
inevitablemente ha de generar polémicas con quienes consideren que la antología se
apropia de la historia y que la deforma para construir una coherencia histórica — y por tanto
política — que no existiría.
Hay también exclusiones polémicas, aunque las más de las veces ello se debe a los límites
materiales impuestos por las ya extensas 818 páginas del volumen. De acuerdo con Trigo, el
campo de los estudios culturales latinoamericanos se ha conformado en diálogo con otras
teorías con las que han entrado en competencia. En primer lugar, el paso del interés
estético en lo literario a la centralidad de lo cultural es definido por una nueva hermenéutica
que requería de nuevas metodologías y que definía textos, discursos y prácticas de modo
epistemológicamente diferente (10). Esta diferencia no radica en el desplazamiento de la
crítica literaria estética por la crítica cultural, sino más bien en la idea de Ángel Rama de
que la cultura es un campo de lucha y que, por tanto, el crítico debe asumirse como
productor de cultura desde una posición política definida (10).
En segundo lugar, en los años setenta los estudios culturales se diferenciaban cada vez más
de la crítica marxista y de la crítica estetica, pero también del estructuralismo y la semiótica.
Habría sido interesante incluir en la antología, si no las polémicas entre estos diferentes
grupos, por lo menos una reseña de sus argumentos que pudiera ilustrar mejor no
solamente la historia de la crítica, sino los alcances del cambio epistemológico llevado a cabo
por los estudios culturales, especialmente si se tiene en cuenta que hay todavía en
Latinoamérica no pocos cultores muy activos de las mismas tendencias críticas que
disputaron el dominio del campo cultural en los setenta y ochenta, como por ejemplo los
miembros de la Federación Latinoamericana de Semiótica, que edita la revista DeSignis.
Por otro lado, los editores proponen que los estudios culturales latinoamericanos tienen
problemas, temas y metodologías propios que los equiparan con sus contrapartes británicos
y norteamericanos. En este sentido, la antología es una reivindicación de la especificidad de
los estudios culturales latinoamericanos, de su tradición y de sus conflictivos diálogos con las
escuelas de pensamiento occidentales como el estructuralismo, la semiótica, la lingüística, la
filosofía, la escuela de Frankfurt, etc. Si la antología que comento fuera parte de una
colección, estaría muy bien complementada con la presentación de estas polémicas junto
con las confluencias de intereses de las distintas escuelas; sin embargo, este deseo excede
los límites del presente volumen.
En tercer lugar, aunque Ríos, Trigo y Del Sarto reseñan la crítica de la cultura anterior a los
estudios culturales, no antologan ninguno de los textos anteriores a los años sesenta, un
vacío que impide apreciar la continuidad de la tradición. Pese a incluirlos en el grupo de
precursores (33) antologado en la sección “Forerunners,” los editores no incluyen a Rodó,
Alfonso Reyes, Mariano Picón Salas y Pedro Henríquez Ureña; al anarquista Manuel
González Prada, al marxista José Carlos Mariátegui, a José Martí, José Vasconcelos,
Leopoldo Zea, Augusto Salazar Bondy, Silvio Romero, Rosario Castellanos, Gilberto Freire,
Fernando Ortiz, etc. (21-4, 33)
Según Trigo, una de las características principales de la crítica latinoamericana es la
recurrencia al género del ensayo multidisplinario, transdicisplinario o interdisciplinario, lo
que él llama “undisciplined thought” (8), es decir, una reflexión que transgrede los límites
de la especialización académica, anterior a los estudios culturales, producida por escritores
que tradicionalmente participan simultáneamente de la crítica cultural, la academia, la
política, el periodismo, etc. Para explicar la rica longevidad de este indisciplinado género,
Trigo recurre al desarrollo histórico del colonialismo: el ensayo transdicisplinario sería una
estrategia metodológica y una táctica epistemológica dependiente del desarrollo desigual de
las relaciones modernas de producción cultural (9). Esta explicación deja varias preguntas
flotando: en primer lugar, si el “ensayo multi- inter- o transdiciplinario” es característico de
América Latina hasta el presente, ¿qué tienen en común las producciones del saber en los
siglos XIX, XX y XXI? ¿qué ha garantizado la continuidad de este “indisciplinado”
pensamiento crítico latinoamericano? Demasiadas preguntas quedan pendientes por la
exclusión del ensayo de Mignolo “Cultural Studies Questionnaire” (9) pero más todavía por
la exclusión de “Colonial and Postcolonial Discourses: Cultural Critique or Academic
Colonialism?” en el que Mignolo sostiene que la diferencia de desarrollo económico
determina los roles en la producción de conocimiento: las prácticas académicas y científicas
de los países más desarrollados producen conocimiento sobre la cultura producida en los
países con menor desarrollo económico.
Esta asimetría económica no solamente determina la distribución de los roles de productor
de conocimientos o productor de cultura, sino también el mapa de la actividad intelectual.
La mayor comunicación institucionalizada entre los académicos de los Estados Unidos, por
ejemplo, en comparación con la debilidad de las comunicaciones entre los académicos de
América Latina, favorece que los debates, los disensos y las concordancias entre los más
destacados profesores circulen más rápidamente en el norte y que, por tanto, sea más fácil
saber quién hace qué; en cambio, en el sur puede ocurrir que universidades de la misma
localidad estén embarcadas en proyectos antagónicos sin siquiera enterarse, por lo que es
más difícil hacer un mapa completo de la actividad intelectual.
Este libro es un mapa que debe acercar los estudios culturales a quienes, en Latinoamérica,
están interesados en tener una visión actual de la academia globalizada, pero también para
quienes, en Norteamérica, desean explorar sistemáticamente los estudios latinoamericanos.
Incluso las exclusiones de autores anteriores a los años sesenta no son tales, pues los
editores tuvieron el cuidado de mencionar a quiénes excluían, de modo que el lector siempre
puede saber dónde proseguir sus indagaciones.
Los textos antologados no son complacientes con los estudios culturales; especialmente en
la última parte del libro “Positions and Polemics”, donde, por ejemplo, Richard pide una
“crítica de la crítica” que mantenga la capacidad comunicadora del lenguaje de los estudios
culturales, pero que al mismo tiempo mantenga su capacidad subversiva e impida que ese
mismo lenguaje congele la realidad siempre cambiante y lo subordine al “poder de
siempre” (703-4).
(Alfredo Elejalde, Vanderbilt University)
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